jueves, 14 de junio de 2012

MUY ACTUAL, me vale

 
Columna de Bruno Altieri (ESPN) tras la derrota en el 7 GAME 2010 LAKERS/CELTICS y tan actual:
¿Qué valor tiene el orgullo en el baloncesto? En un deporte donde prima el dato estadístico y reina el análisis cuantitativo, los elementos cualitativos tendrían un espacio marginal si no fuera por noches donde no importan los números sino los sentimientos sobre el parqué.
Y siempre que se habla de sentimientos en la NBA se cita a Boston Celtics. Poco importan que la edad de los ojos o la memoria no alcancen a conocer el legado y significado de su historia porque anoche era fácilmente reconocible que el orgullo y el más puro sentimiento por el baloncesto vestía de verde. Porque por Boston podrán pasar años y equipos pero siempre mantendrá su filosofía, perenne al paso de modas y jugadores. Fielmente transmitida de generación en generación hasta conseguir que hasta el más angelino de los jugadores que pisaron el Staples Center sea el estandarte de los actuales Celtics y pareciera el mismísimo Red Auerbach o Larry Bird.
Sólo el “Celtic Pride” es capaz de convertir a un equipo desahuciado en abril en un digno finalista de la NBA. Es esa obligación de respetar y honrar la tradición lo que ha permitido a estos Celtics sobrevivir en estos Playoffs y estas finales, y sólo la capacidad de asumir la identidad céltica la que ha posibilitado que compitan de tú a tú a pesar de la inferioridad existente.
Sabedores de que sólo tenían una bala en la recámara, los Celtics viajaron a Los Angeles con la idea de aprovechar la oportunidad que iban a tener. No sería en el sexto, sino en el séptimo partido. El encuentro, presentado como el choque dos formas de entender el baloncesto opuestas, fue un camino sin retorno que, punto por punto, demostró el axioma de lo que significa el orgullo verde.
Doc Rivers como fiel sucesor a la tradición de entrenadores de Boston, entendió y gestionó los esfuerzos y trató de transmitir a sus jugadores la serenidad que da la historia para que ésta recayera sobre sus hombros. Porque, a pesar de la inferioridad que pueda existir, todos los jugadores que visten la camiseta de ese equipo saben que lo hacen con el deber de ganar. Cada uno de los jugadores comprende que jugar para Boston te hace diferente, no mejor ni peor, simplemente diferente. Marca el carácter y hace tener ese poso de calma cuando las ideas como equipo y las fuerzas como individuo ceden ante la reacción amarilla y la efervescencia de la grada está en contra. Hace que veteranos como Kevin Garnett o Rasheed Wallace vivan la épica de la que puede ser su última gran batalla sobreponiéndose a la lógica de la edad y ofreciendo lo mejor de su juego.
Es la inteligencia emocional y el respeto a los valores del baloncesto como equipo que hacen que dos jugadores del liderazgo de Ray Allen o Paul Pierce comprendan que si no es a través de puntos, su ayuda puede ser tan importante defendiendo a la estrella rival o integrando a compañeros con roles secundarios como Glen Davis o Nate Robinson y que siempre pueden ser héroes como a lo largo de la historia lo fueron Cedric Maxwell o Don Nelson.
Y cuando no hay fuerzas y la cabeza falla es el orgullo el que oxigena las piernas y hace que lata más fuerte el corazón. Es lo que permite llegar a esa ayuda imposible en defensa, el que te volar para capturar el rebote o anotar un triple en el último minuto del último partido cuando en toda la serie sólo se ha metido uno antes ¿verdad, Rajon Rondo?
Pero al final, ni el orgullo es suficiente cuando ya no quedan energías. El convencimiento de Boston le mantuvo en el partido (y en la serie) mucho tiempo más del que nadie hubiera apostado, pero acabó claudicando. Esta noche las estrellas iluminan Los Angeles, pero la eternidad es el cielo que espera al equipo que hoy ha perdido y el orgullo lo que permitió, permite y permitirá seguir haciendo más grande la historia de Boston Celtics.

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